La Constitución egipcia asegura la libertad de expresión, aunque en la práctica el gobierno se ha encargado de que sea una ilusión: esa es una de las bases por las cuales la oposición piensa que el cambio constitucional es una ínfima parte de lo que necesita Egipto
5-2-2011
POR PEDRO DUTOUR DE LA REDACCIÓN DE EL OBSERVADOR
La libertad de opinión está garantizada. Cada individuo tiene derecho a expresar su opinión y de hacerla pública verbalmente o por escrito, o fotográficamente o por cualquier otro medio dentro de los límites de la ley». Este artículo constitucional bien puede formar parte de una carta magna de un país occidental. El hecho es que pertenece a la Constitución egipcia: se trata del artículo 47. No parece, en cambio, que haya sido respetado, ni ahora ni durante los 30 años que lleva en el poder el presidente Hosni Mubarak.
Los opositores que desde casi dos semanas protestan en las calles contra el mandatario piden un cambio constitucional que garantice las libertades para todos, entre ellas la libertad de expresión, clave en toda democracia. Pero en realidad, no habría que variar mucho los estamentos de la Constitución egipcia. Basta con que se los cumpla y con llevar a la práctica lo que dice el papel.
El caso es que en Egipto, Mubarak ha logrado silenciar a los disidentes, por las buenas y por las malas. Sí, libertad de opinión, pero hasta tanto no se critique al presidente. «Hasta el caos desatado estos días, la oposición egipcia sabía que podía animarse a criticar las políticas del gobierno e incluso a alguno de sus ministros, pero los ataques directos a Mubarak y a su familia estaban prohibidos», señaló un análisis del sitio web Slate.com
La situación se agrava en el caso de Egipto, ya que muchos disidentes ni siquiera tienen la suerte de contar con un juicio debido a que el país continúa bajo el régimen de «estado de excepción» desde el asesinato de Anwar Sadat en 1981. O sea, durante todo el mandato de tres décadas de Mubarak. Esto le ha permitido al presidente detener a ciudadanos sin cargos durante 30 días; incluso el Ministerio del Interior puede renovar la detención sin brindar explicaciones. Porque sí.
Los grupos de derechos humanos denuncian decenas de estos procedimientos cada año y señalan que los motivos son, sobre todo, políticos. También indican que esta situación no llama la atención internacional y de Occidente porque varias de las víctimas de esta represión pertenecen al partido islamista de la Hermandad Musulmana o a otras organizaciones del mismo signo.
Los diarios, los partidos de oposición y las ONG deben pedir una licencia especial que provee el gobierno para trabajar. «Una crítica excesiva puede resultar en la revocación del permiso, o en cargos criminales por infracciones burocráticas», dijo el análisis de Slate.com. Hasta el arribo de internet, este modo resultó muy eficaz para silenciar la voz opositora. Ahora los tiempos cambiaron. Los bloggers fueron los grandes reporteros de lo que acontece en Egipto, de las violaciones de los derechos humanos, de las torturas, de las detenciones arbitrarias, de la corrupción.
Mubarak sabe de la amenaza que suponen los periodistas. A los dictadores no les interesa la prensa libre. En la revuelta de esta semana, los seguidores del presidente arremetieron contra los cronistas que trabajaban en las calles, hubo varias agresiones e incluso llegaron a rodear el hotel en el que se alojaban los corresponsales internacionales en El Cairo. Estados Unidos denunció una campaña «orquestada para intimidar a los periodistas». Es que las imágenes de las protestas han sido muy fuertes y el mandatario siente que la presión no solo viene de dentro, sino también de afuera. En muchos lados gracias a la libertad de expresión que no gozan sus ciudadanos.
Letra muerta
07/Feb/2011
El Observador, Pedro Dutour